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Cada nueva película del aclamado director inglés, Christopher Nolan, es un evento cinematográfico, al menos entre sus seguidores y fanáticos del cine. Parecido a los acontecimientos que recuenta en su nueva película, Dunkirk, el mundo entero espera con ansias la nueva propuesta de un director que hasta el momento lleva marca perfecta en su filmografía. Al igual que en la increíble historia verídica que ha plasmado -con una que otra libertad creativa- lo nuevo de Nolan es un emocionante triunfo técnico y espectáculo sensorial que retumbará en el mundo entero, mientras audiencias observan en asombro uno de los logros más significativos del cine contemporáneo.

Con Dunkirk, Nolan toma uno de los riesgos más grandes de su carrera: el de contar una historia de guerra donde no existe un héroe en el centro. El diálogo se reduce al mínimo, mientras la mezcla de sonido, la cinematografía de Hoyte Van Hoytema y la música del alemán Hans Zimmer adquieren protagonismo en este exitoso experimento técnico. El resultado son 104 minutos de innovación; un filme de guerra como ninguno otro que haya venido antes.

Es el 1940 y el ejército alemán ha desplazado de soldados aliados a las costas de Francia en lo que se conoce conoce la Batalla de Dunkirk. En la playa, 400,000 soldados esperan para ser llevados a sus hogares en lo que el Primer Ministro, Winston Churchill, llamó un “desastre militar”. Mientras destructores británicos se hundían en las costas en intentos fallidos de evacuar las playas, cientos de botes de pesca, botes mercantiles y otros botes pequeños salieron al rescate de casi medio millón de soldados vencidos y desesperanzados. Esta historia, una de las más populares pero menos contadas de la Segunda Guerra, nos llega en tres líneas de tiempo, marcando el regreso de Nolan a las historias no lineales desde “Memento”.

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