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Red Sparrow, la reunión entre el director y la protagonista de The Hunger Games: Catching Fire y sus sus dos secuelas, no es el filme de espionaje que sus fanáticos anticipaban, pero sí el que merecen.

Jennifer Lawrence  -en el mejor rol de su joven carrera- interpreta a Dominika Egorova, una bailarina rusa que, tras un accidente en plena presentación que le cuesta su carrera y haber sido testigo de un asesinato que no debió haber visto, es obligada por su tío Ivan (Matthias Schoenaerts) -un poderoso miembro de la inteligencia rusa- a unirse al Sparrow School. En el momento, trabajar para su tío -cuyas intenciones con su sobrina son claras desde su primer encuentro- luce como la única opción real para ella y su madre enferma.

En lo que luego describe cómo “la escuela de putas”, Dominika es entrenada junto a otros hombres y mujeres  para convertirse en agentes de la inteligencia secreta, capaces de utilizar sus cuerpos y mentes como armas. Aquí son adoctrinados por la Matrona (Charlotte Rampling con la presencia más intimidante y amenazante del bonche) a despojarse de ideas preconcebidas y socialmente establecidas sobre el sexo y la desnudez con el fin de utilizarlo como elemento desarmador y manipulador. Esto, por supuesto, implica tener que desnudarte en medio de un salón, encarar violadores e intentar descifrar qué es lo que quieren depravados seleccionados aleatoriamente de una sociedad sumergida en la perversión. El mensaje varias veces registra como puro sermón, pero el controversial y a veces problemático desequilibrado guion de Justin Haythe (A Cure for Wellness) es elevado, o mejor dicho, traído de vuelta a la superficie por un elenco principal que ofrece su mejor trabajo hasta la fecha.

Una vez completado su entrenamiento, Dominika es enviada en su primera misión a seducir, manipular y eventualmente extraer información importante de Nate Nash (Joel Edgerton), un agente de la C.I.A. cuya misión es  proteger a como dé lugar al topo,  un informante ruso que trabaja con el servicio secreto de los Estados Unidos.

Parte de esa premisa, en la superficie, parecería extraída de la contratapa de algún libro de literatura para jóvenes, de esos que inspiraron la saga de película en la que Francis Lawrence y la protagonista colaboraron por primera vez. La realidad, y una que la publicidad de la película ha obviado para atraer a fanáticos casuales del cine, es que Red Sparrow -basada en el libro de Jason Matthews- se inclina más hacia la literatura de espías de John le Carré que la más liviana de Ian Fleming. Esta sorpresa -al igual que las que la historia guarda bajo sus mangas- es una completamente bienvenida. Poco tiene en común Red Sparrow con otros filmes ligero de acción como Atomic Blonde con Charlize Theron o Salt con Angelina Jolie. Con su filme más satisfactorio hasta la fecha, Francis Lawrence explora territorios que estas otras propuestas y hasta un punto la serie del Agente 007 no habían tenido el atrevimiento de atravesar.

Lo que otros filmes de este tipo adornan con carros lujosos, intereses amorosos y emocionantes secuencias de acción, la cinta de Francis Lawrence prefiere mostrar con crudeza e incomodidad. El sonido del hueso quebrándose que hace eco con el de un rostro que arremete contra el suelo al ser derribado por la policía estremece en los primeros cinco minutos de la película en una de las secuencias mejor ejecutadas en lo que va de año.

La dirección de Lawrence nunca deja de ser elegante, pero tampoco titubea a la hora de ensuciarse con visuales fríos y cortantes como una violación en el primer acto de la película y la rara aparición de un desnudo completo de un hombre. La escena, incómoda como el acto en sí, añade capas a un personaje que comienza su jornada como víctima de lo que no puede controlar, pero que en su situación descubre cómo plantar vulnerabilidad donde antes habían fortalezas. Es una decisión atrevida por parte de Lawrence, quien rehúsa a darle a su heroína razones trilladas para ingresar al cuerpo de espías. No se trata de una mujer despechada o una madre afligida por la pérdida de un hijo. Dominika es una mujer excepcional que nunca tuvo otra opción. Las opciones le fueron arrebatas en medio de un confuso encuentro sexual, como a miles de mujeres al año en nuestras propias narices.

Inteligente sería un adjetivo adecuado para describir lo que otros llamarían acertadamente un “slow burn” que, más allá de ofrecer un vistazo al elegante mundo del espionaje, opta por explorar las circunstancias en que se ejerce el poder y se despoja a la mujer del derecho de decidir. A partir de esto, la historia coloca a Dominika en un proceso de evolución y busca de autonomía en un inframundo en el que la manipulación es la orden del día. Es una cinta que no sólo es relevante a la conversación actual sobre los derechos de la mujer, sino que también hace eco de las turbias relaciones y misteriosas implicaciones entre nuestros líderes políticos y la nación rusa.

Red Sparrow tal vez no sea la cinta de acción y espionaje que el estudio nos vendió, pero sacrificar todo eso por relevancia, intriga y actuaciones exquisitas es un intercambio justificado, en todo el sentido de la palabra.

Crítica: Red Sparrow trasciende el relato de espionaje
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