El director y guionista austríaco Michael Haneke se ha caracterizado por su estilo sombrío de contar una historia, y “Amour”, su más reciente filme, es tan fiel a este estilo como los anteriores.
La cinta, nominada a cinco premios Oscar, cuenta la historia de Anne y Georges, una pareja de maestros de música retirados, cuya unión se pone a prueba cuando Anne sufre un derrame cerebral que poco a poco la va consumiendo.

No debe sorprender que la película más honesta del año 2012  haya conseguido tanto una nominación en la categoría de Mejor Película Extranjera, como en la de Mejor Película. Amour es simplemente maravillosa en todos los aspectos. Simple porque evita el melodrama y se mantiene tan honesta y real como la vida misma.

Con la primera escena, Haneke consigue evitar lo que llama “tensión falsa”, pues las señales son suficientes para descifrar que el producto final será devastador.
El director recurre a tomas largas que podrían desesperar tanto como la cruda narrativa del guión que ha recibido nada menos que elogios desde que consiguió adueñarde de la Palma de Oro en la pasada edición del Festival de Cannes. No cabe duda que lo hace con todo el propósito de resaltar la situación desesperante que viven los protagonistas.
Haneke se la juega peligrosamente y logra dibujar una línea, con su guión, que lo separa de historias al estilo de Nicholas Sparks, quien normalmente se recuesta de un estilo melodramático en su aspiración de destruir emocionalmente a sus seguidores. Dibujar este tipo de línea divisoria resulta en la posibilidad de cruzarla fácilmente si no se es cauteloso. Haneke, sin embargo, logra mantenerse en el lado seguro.

El melodrama está completamente ausente en Amour, y es que el director nunca ha creído en forzar algún tipo de sentimiento en sus seguidores, aún cuando el título así lo propone. Amour es una verdadera historia de amor, exenta de todo el sentimentalismo que suele caracterizar una producción hollywoodense. Amour es lo que viene después del romance y años de convivencia. Más que una historia romántica, es una muestra de amor incondicional.

La pareja de actores, por su parte, dejan de ser ellos para convertirse en Anne y Georges. Sus actuaciones, tan naturales como la historia misma, causan la sensación de estar mirando un documental o la vida misma a través de una ventana.  Emmanuelle Riva nos brinda una magistral personificación. Su cuerpo y mente se deterioran junto al de Anne, una imagen que resulta sobrecogedora. Las tomas amplias acentúan la soledad de Georges, quien se aleja de el resto del mundo para desempeñarse como compañero incondicional, mientras que al igual que su esposa, se va deteriorando física y mentalmente.
Resulta imposible no mirar al futuro sin sentirse angustiado por un destino trágico e inevitable.
La película, que cuenta una historia del amor, la vida y a muerte,  podría bien ser una tragedia pues acentúa la trágica realidad de la vida y el amor, o el fin de ambos. En algunos perforará más hondo que en otros, dependiendo de las vivencias personales y cuán cerca estén de lo que muestra Haneke. Al final, el efecto debe ser uno individual o personal.