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Por Orlando Maldonado (@omaldonado2)

Cuando la premisa de tu historia incluye a dos personajes principales sufriendo de enfermedades terminales, y es bastante obvio que al menos uno de ellos no llegará hasta el final, ¿cómo logras que el clímax tenga el mismo efecto que uno que llega por sorpresa? Este es la gran prueba a al que fueron sometidos el director Josh Boone y los guionistas Scott Neustadter y Michael H. Weber al adaptar la novela del autor John Green, donde dos jóvenes con enfermedades terminales se enamoran tras conocerse en un grupo de apoyo para pacientes de cáncer.

Existe una línea muy fina que divide el relato confeccionado para hacerte llorar, conocido como el “tearjerker”, pero este siempre se siente forzado y trabaja muy poco en los personajes. Al final, aunque logra su propósito de hacerte llorar, no se ha ganado tus lágrimas. El tearjerker se distingue por manipular a la audiencia y hacerles pensar que existe algún tipo de conexión con los personajes, cuando en realidad solo lloras porque el relato ha logrado, de alguna manera, re-abrir alguna vieja herida. Ahora, cuando un filme logra una verdadera conexión entre el público y el personaje, es ahí cuando verdaderamente triunfa y es merecedor de tus lágrimas.

La novela de John Green se distingue entre otras porque posee esa misma cualidad anteriormente mencionada. Sus personajes trascienden los estereotipos del personaje sufrido y llorón, y por medio de ellos, Green ofrece una una nueva observación de los efectos de una enfermedad terminal. En lugar de enfocarse en la enfermedad, la depresión y la eventual muerte, el autor juega con los personajes y los moldea con sarcasmo y optimismo. Eventualmente, la enfermedad pasa a un segundo término y los personajes hacen una invitación a reflexionar sobre la vida, el amor y la huella que cada uno puede dejar en las vidas de los demás.

La adaptación al cine viene al mando del director Josh Boone (Stuck in Love), quien hace un magnífico trabajo de plasmar la idea central del libro, muy esencial a la hora de mantenerse lejos del relato trágico cuyo único propósito es hacerte llorar. Pero Boone no trabaja solo, y es que el mayor crédito pertenece a los actores principales, Shailene Woodley y Ansel Elgort. Como Hazel Grace, Woodley se reafirma como una actriz con un alcance increíble, superando sus trabajos anteriores. Hazel es un personaje complejo que se balancea entre la depresión, el intento de mantenerse optimista ante las circunstancias y sobre todo, una personalidad caracterizada por un tono sarcástico que nunca la abandona, aún en los momentos en que ha perdido la esperanza. Woodley conoce a Hazel y la personifica con pura elegancia.

Elgort, por otra parte, viene de personificar al hermano de Woodley en Divergent, pero desde el primer momento en que aparece en pantalla se asegura de que olvidemos ese detalle. Elgort no es el “highlight” de la película solo porque le tocó trabajar con una excelente Woodley. Augustus Waters es la personificación de lo engreído, y Elgort tiene no solo posee el físico de adonis, sino que es demasiado carismático para su propio bien. Resulta imposible no caer rendido ante Augustus Waters, aún cuando parece ser la encarnación de los cursi con sus pretensiones y metáforas.

Cuando finalmente llega el momento que todos esperaban y el llanto se apodera de las salas de cine, es evidente que no se trata de este momento, si no del viaje para llegar aquí, y ahí es donde The Fault in Our Stars trasciende la trágica historia de amor para jóvenes adultos que muchos esperaban.