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Estrellas

El director Gareth Edwards (Monsters) trae de regreso a la pantalla grande el monstruo más famoso del mundo luego del fiasco de 1998, más grande y espectacular que nunca. El propósito: hacernos olvidar el desastre que fue la versión del director Roland Emmerich y darle a los fanáticos del monstruo y el cine en general, la película de Godzilla que tanto anticipábamos. Aunque descuida a sus personajes humanos, esta nueva versión del monstruo más famoso del cine alcanza un buen balance entre terror a causa del ataque y la pura diversión que viene después; algo que los fans del monstruo anhelaban con ansias.

Godzilla arranca irónicamente en el año 1999 en Japón en lo que podría interpretarse como un guiño dedicado a Roland Emmerich, cuando el Dr. Ichiro Serizawa (Ken Watanabe) descubre el esqueleto del animal más grande que haya existido, y la realización de que una de sus crías ha logrado escapar. El escape del animal resulta en la evacuación y eventual destrucción de la planta nuclear donde trabaja el físico estadounidense Joe Brody (Bryan Cranston). Marcado por los eventos que le arrebataron a su familia, Brody dedica los próximos años a descubrir lo que realmente ocurrió el día del accidente, dando forma al personaje más interesante de la película.

Lamentablemente, su participación es limitada por la dirección que toma el guión de Max Borenstein.

Cranston le pasa la batuta a su hijo Ford y al Dr. Serizawa, quienes se encargan de proveer la perspectiva de los humanos cuando una enorme criatura amenaza con destruir la ciudad de San Francisco. Son estos personajes humanos, liderados por Aaron Taylor-Johnson como un teniente del ejército estadounidense y un fenomenal Ken Watanabe, quienes brindan parte la perspectiva necesaria para acentuar el horror de la destrucción causada por el paso y eventual enfrentamiento de las gigantescas criaturas en medio de la ciudad.

Edwards logra esconder al monstruo durante la primera parte de la película, creando el suspenso necesario para que el gran final sea efectivo, una batalla colosal entre monstruos que hace homenaje al Godzilla original y tendrá a muchos aclamando al monstruo de Toho. La espera, sin embargo, es más larga de lo que uno podría imaginar, y la conexión entre el público y los personajes de Taylor Johnson y Elizabeth Olsen nunca logra establecerse, pues el guión olvida desarrollarlos, especialmente al personaje de Olsen, una enfermera que pudo haber brindado otra perspectiva dentro del desastre aparte al enfoque militar que ofrece la película.

Durante dos terceras partes del filme, Edwards coquetea con la audiencia pero nunca revela por completo al monstruo, haciendo su primera aparición una muy emotiva. Una vez nuestro héroe entra en escena por completo, Edwards eleva la perspectiva y deja que los monstruos tomen el control de la película. Aunque con esta decisión deja cabos sueltos, Edwards entiende perfectamente qué es lo que público vino a al cine a ver; una pelea entre monstruos gigantes, reminiscente de las películas originales de Godzilla con las que muchos cinéfilos crecieron. Desafortunadamente, gran parte de esta acción descomunal ocurre durante la noche, limitando lo que podemos apreciar de un gran enfrentamiento que contiene momentos tan emocionante como para hacer estallar al público en gritos y aplausos.

Al final, ya nos hemos olvidado de los personajes humanos y su eventual resolución pierde importancia. Gareth Edwards nos coloca en primera fila del gran enfrentamiento y tras un tercer acto lleno de puños, mordidas y unas cuantas sorpresas, no queremos ver otra cosa que no sea dos bestias genéticamente alteradas por la radiación enfrentándose hasta la muerte; una por la más natural de las razones, otra por coronarse como el exclusivo Rey de los Monstruos.

En cines desde este jueves, 15 de mayo, Godzilla es hasta ahora la película que mejor cumple con las expectativas que vienen con un estreno de verano, y una difícil de superar.