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Estrellas

Las buenas películas de horror se han convertido en raros avistamientos, y no necesariamente porque el catálogo haya ido disminuyendo. Si algo se ha mantenido en un constante descenso en Hollywood, es la calidad de las propuestas del género que llegan a nuestros cines a lo largo del año, especialmente durante los primeros meses del año. Con esto en mente, las expectativas que vienen con cada nuevo título se mantienen muy bajas, excepto con una que otra excepción a la regla.

Aquí entra Oculus, la más reciente propuesta del director estadounidense Mike Flanagan, quien se dio a conocer por Absentia, una película de horror de bajo presupuesto que no tiene nada que envidiarle a las películas de horror de estudio con presupuestos altísimos que nunca se reflejan en la calidad del resultado final. Como si fuera poco, Oculus tuvo su estreno mundial en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Toronto, donde acumuló críticas positivas que elevaron aún más las expectativas de cinéfilos con antojos de buen cine de horror.

Aunque no es la película de horror perfecta que estamos esperando, Oculus funciona al evitar la mayoría de los clichés del género, optando por asustar al público con una historia e imágenes perturbadoras.

La historia, que hace todo lo posible por distinguirse entre otras películas de horror, gira en torno a Kaylie Russell (Karen Gillian), una mujer que intenta exonerar a su hermano, internado en un hospital psiquiátrico por el homicidio de su padre, presentando evidencia que pruebe que ambos homicidios fueron provocados por un antiguo espejo poseído. Traumatizados por los eventos que resultaron en la muerte de sus padres, encarnados efectivamente por Katee Sackhoff y Rory Cochrane, los hermanos deciden regresar a la casa diez años más tarde para conseguir la prueba y destruir el espejo que les arruinó su infancia.

Uno de los aspectos de Oculus que la separan de otros intentos fallidos es que a pesar de explorar temas sobrenaturales, el guión siempre mantiene viva la posibilidad de que nada de lo que se presenta en pantalla esté sucediendo como lo están viendo los hermanos. Tim, recién dado de alta de una institución mental, parece estar recuperado y convencido de que lo que sucedió en la casa fue producto de un padre psicópata y una madre con un desequilibrio mental. Kylie, por su parte, nunca recibió la ayuda profesional con la que contó su hermano y vive convencida de que lo que sucedió hace diez años fue culpa del espejo.

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El guión se encarga de desarrollar tanto a los personajes principales como a sus padres, a quienes vemos evolucionar de un matrimonio exitoso y feliz, a dos seres humanos agobiados por problemas reales como el exceso de trabajo y la infidelidad. Sin embargo, Kylie y Tim ven la situación desde otro punto de vista. Para ellos, algo sobrenatural está sucediendo su casa, y Flanagan utiliza esto para alternar entre las perspectivas de los diferentes personajes y crear cierta ambigüedad que se mantiene viva hasta que aparecen los créditos en pantalla.

Inteligentemente, Flanagan evita los “jump scares” – aunque no del todo – y se dedica a crear tensión que se va elevando paulatinamente hasta el tercer acto, cuando sus padres ya han dejado de ser quienes eran antes y son representados como monstruos desde la perspectiva de ambos niños, añadiendo peso al aspecto psicológico con el que juegan los guionistas Jeff Howard y Flanagan.

Como mencioné antes, la película no es perfecta,  y en el proceso de crear tensión mediante diálogo amenaza con irse a la deriva. De hecho, parte del diálogo entre los hermanos podría hasta resultar un poco tonto y provocar risas en el público. La película trabaja con algunos de los clichés que no pueden faltar, aunque muy pocos, que arruinan por momentos una historia con toques de originalidad.

Exhibiéndose desde el jueves, 10 de abril en los cines de Puerto Rico, Oculus es una refrescante propuesta de horror de un director que poco a poco se va abriendo paso en busca de renovar el género, y esperemos que así sea.