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La primera vez que Eddie Redmayne llamó mi atención fue en el musical Les Miserables, pues había pasado por alto el drama My Week with Marilyn, cinta por la cual también había recibido halagos. Tras robarse cada escena en que estaba presente, supe que era el comienzo de un ascenso inevitable. Lo que nunca me imaginé fue que poco menos de dos años más tarde estaría presenciando una de las mejores actuaciones del año a cargo del actor de 32 años.

Redmayne protagoniza The Theory of Everything, película que narra la relación sentimental entre el físico Stephen Hawking y su primera esposa, Jane Hawking, personificada por una fenomenal Felicity Jones (Like Crazy). La cinta, basada en las memorias de Jane, narra la fuerte relación entre Stephen y Jane desde que se conocieron en la universidad, antes de que Hawking fuera diagnosticado con ALS, mejor conocida como la enfermedad de Lou Gehrig.

Aparte de una hermosa fotografía y la extraordinaria historia que ya conocemos, The Theory of Everything no ofrece nada especial y tampoco intenta contar la historia de alguna otra manera que no sea lineal, pero tampoco hace falta. Donde la película logra diferenciarse de otros filmes biográficos es en las dos fabulosas actuaciones de los protagonistas, que junto a la cautivadora historia cargan la película sin necesidad de recurrir a otras fórmulas menos convencionales.

La película comienza en los años de universidad de Hawking, por lo que Redmayne debe hacer la transición de un hombre sano y aparentemente normal, hasta el discapacitado que hoy día reconocemos como una de las personas más inteligentes del mundo. Hawking es diagnosticado con la terrible enfermedad degenerativa mientras completa su doctorado y conoce a Jane, quien también completa su doctorado en poesía medieval. Tan pronto se entera de su enfermedad, un deprimido Hawking intenta alejar a Jane de su vida, pero su esfuerzos son en vano, pues Jane ya ha decidido que estará junto a él hasta el último día. De esta manera comienza uno de los romances más inspiradores que haya pasado por el cine.

Es un verdadero placer ver como Redmayne evoluciona en pantalla mientras la enfermedad progresa, dificultando su habilidad para hablar, tragar y eventualmente lo ata a un sillón de rueda, donde cada vez es más evidente el deterioro de sus músculos.

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Cuando finalmente pierde la habilidad de comunicarse verbalmente, Redmayne completa su transición al Stephen Hawking que todos conocemos. Aquí, el director aprovecha para reflexionar sobre lo que podemos expresar sin tener que enunciar una sola palabra. Los gestos se convierten en la primera lengua de Hawking, incluso cuando empieza a comunicarse con la ayuda de una computadora que habla por él. Es increíble lo que este actor puede transmitir con expresiones faciales solamente.

Su cuerpo se deteriora rápidamente, sin embargo, su mente brillante nunca deja de funcionar, tal como se lo había prometido su doctor en el momento del diagnóstico, cuando el científico pregunta si su cerebro se vería afectado. Sus descubrimientos más importantes – aunque nunca se tocan con mucho detalle – llegan mientras su cuerpo lo traiciona, casi paralelamente.

Hawking nunca pierde el sentido del humor, y mucho menos la motivación para continuar la búsqueda de la ecuación que logre explicar todo lo que pasa en el universo. Es tal vez su incesante búsqueda lo que lo ha mantenido con vida todos estos años, convirtiéndose en una de las personas más inspiradoras del mundo.

Jones, por su parte, trabaja con mucho menos material que Redmayne y aún así logra mantenerse alejada de su sombra. Un verdadero trabajo de reparto es ese que logra complementar la actuación principal aún cuando está tan cerca de la perfección. Esto es lo que hace de este elenco uno muy especial, que seguramente estará compitiendo por los grandes premios de actuación a principios del próximo año.