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Nadie, en especial quienes han notado elementos polarizantes en los trabajos más recientes de Steven Spielberg, habría imaginado que a estas alturas, el aclamado director de clásicos como Jurassic Park, Jaws y E.T. the Extra- terrestrial sorprendería, en la parte alta de su carrera, con un filme imposible de desagradar a un público.

Ready Player One, basada en la relativamente popular novela homónima del estadounidense, Ernest Cline, está lejos de ser una película sin defectos, pero en su ejecución, trasciende el típico e irritable emplazamiento publicitario o “product placement” y se convierte en una celebración de la cultura popular, por no decir marcas o franquicias con las que el espectador, no importa la edad, ha crecido y se puede identificar. La película, cuya trama gira alrededor de un juego de realidad virtual, se convierte en eso mismo, es un juego en el que la audiencia es el jugador principal y cuyo objetivo principal es identificar cada referencia o “easter egg” escondido dentro de la historia o a plena vista para el público.

La película de aventura, acción y ciencia ficción se desarrolla en un futuro distópico, en el que la mayor fuente de entretenimiento, distracción y economía es un juego de realidad virtual llamado OASIS. Creado por James Halliday (el casual colaborador de Spielberg, Mark Rylance), el juego se ha convertido en la prioridad de la humanidad. En especial en los últimos cinco años, el mismo tiempo que Halliday lleva de muerto, y el mismo tiempo desde que el Steve Jobs de su generación dejó toda su fortuna al habilidoso jugador que pudiese encontrar el último “easter egg”. El problema, que hasta el momento nadie ha logrado conseguir la primera de tres llaves que llevan al gran premio. Aquí entra Wade Watts (Tye Sheridan), mejor conocido en el juego como Parzival, un adolescente que vive con su tía en los “stacks”, un distrito de bajos recursos, donde las viviendas consisten de casas móviles unas encima de otras. De ahí el nombre de “stacks”, que en español se traduce a pila o montón. Cinco años después del  inicio del torneo, Parzival encuentra la primera llave.

Lo que a continuación se despliega se puede describir como el sueño de todo “geek” o aficionado de la cultura popular; un juego de identificación y reacción a cada referencia, visual o auditiva de las películas, series, música y videojuegos más populares de las pasadas décadas. Como es de esperarse, unas llegan de manera orgánica y con naturalidad. La adición de King Kong como el último obstáculo en una imposible carrera automovilística, es el toque final a una de las más emocionantes secuencias de acción de la película. Repleta de referencias, desde el DeLorean que Parzival maneja hasta la famosa motora de la película del 88’, Akira, la carrera finalmente funciona porque cada una de las menciones son solo secundarias a la historia y los personajes que forman se desarrollan en ella. La película mejor funciona cuando está consciente de ello y prioriza la historia y el desarrollo de sus personaje. Las referencias vacías y fuera de contexto, sin embargo, no tardan en llegar.

Con pocas sorpresas o giros inesperados en la historia, el peso de la película eventualmente recae sobre las referencias, las cuales oscilan entre la emocionante utilización de The Iron Giant (visible en los trailers) hasta la simple aparición de otros personajes. Entre ellos, el muñeco poseído, Chucky, y uno que otro personaje de videojuegos recientes que provocarán reacciones en una fracción exclusiva de la audiencia. Esta es, exactamente, una de las cosas que la película tiene a su favor, aparte del clásico toque de humanidad y personajes memorables que pocas veces faltan en una propuesta del maestro Spielberg.

Catalogarla como entretenimiento liviano sería acertado, pues la película solo la superficie, pero nunca explora a fondo, las circunstancias en que la cultura pop se ha vuelto parte de la vida y objeto de estudio de una humanidad post-apocalíptica. Esto mejor se refleja en el villano, Nolan Sorrento (Ben Mendelsohn), el jefe de operaciones de una compañía llamada IOI que intenta tomar control del OASIS y encontrar el “easter egg”.

Ready Player One es esa rara película que tiene algo para todo el mundo, visualmente impresionante e incapaz de defraudar hasta a quien menos sigue el mundo del entretenimiento. Por momentos, su mayor atractivo podrá registrar como truco o “gimmick”, pero bajo el capitaneo de Spielberg, responsable de que en primera instancia exista parte de este universo pop al que ahora podemos referenciar, muchas de estas inclusiones se sienten más como celebración que como una provocación a una audiencia que escanea, con todos sus sentidos, cada “frame” y composición sonora con la emoción que sintió la primera vez que vio la tablilla OUTATIME.

La película Ready Player One se exhibe actualmente en las salas de cine de Puerto Rico.

Crítica de Ready Player One de Steven Spielberg
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