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Lara Croft, popular personaje de videojuegos, regresa a la pantalla grande en busca de su padre desaparecido y con toda la intención de romper maleficios en la nueva adaptación de Tomb Raider.

Pero no se trata del tipo de maldición o embrujo con cualidades fantásticas. Tampoco figuran dentro de la historia sino que han sido arrojadas a un subgénero que, hasta el 2018, no había producido un competente filme adaptado de un videojuego. (Un paréntesis para aclarar que soy fiel defensor de Warcraft, pero reconozco que estoy en minoría). La buena noticia es que Tomb Raider, encabezada por la ganadora del Oscar, Alicia Vikander, no solo supera a sus dos predecesoras, sino que finalmente rompe con la mala racha de malas adaptaciones. La otra noticia, no tan buena como la primera, es que competente o adecuada nunca será suficiente para ignorar los claros defectos de una película, y Tomb Raider no es la excepción.

Alicia Vikander es dueña y señora de Tomb Raider, ambas de manera literal y figurativa, apareciendo en casi todas las escenas de la película. La única excepción ocurre en escenas de retrospección, en las que otras actrices interpretan versiones más jóvenes de Lara Croft. Afortunadamente, Vikander es una fuerza imparable como la heredera de la fortuna Croft e hija de un aventurero con uno de los pasatiempos más peligrosos posibles. Croft no es diferente, aunque la desaparición misteriosa de su padre (Dominic West) cuando era una adolescente la haya convencido de cambiar el arco y la flecha por una bicicleta de hacer entregas en la ciudad.

El guión de Geneva Robertson-Dworet y Alastair Siddons se toma su tiempo en establecer a Lara como el típico héroe de Hollywood, versión femenina. Como algunos de los grandes héroes del cine, entre ellos Luke Skywalker y recientemente Peter Quill, la película encuentra a Lara un poco alejada del camino hacia su verdadero destino. Consciente de que está destinada a algo más grande pero conforme con lo que tiene, Croft se desempeña como repartidora y boxeadora aspirante (explorado en el primer acto y abandonado por el resto de la película), pero existe una razón que justifica su decisión de rechazar una herencia millonaria: hacerlo significaría que su padre verdaderamente está muerto. Con un desarrollo de unas cinco páginas, el personaje de Lara Croft recibe una profundidad que nunca existió en las películas de Angelina Jolie.

Como con todo filme de origen, es solo cuestión de tiempo para que Lara se aventure y cumpla con su destino. Cuando finalmente lo hace, la película se convierte en una entretenida, aunque predecible, propuesta de acción y aventura cuyas fortalezas se reducen a una sólida interpretación de Vikander, mientras que sus fracasos llegan por vía de un débil villano y secuencias de acción poco probables hasta para Ethan Hunt o el propio Indiana Jones, cuyas influencias se dejan ver en la parte alta de esta película. Su más grande obstáculo es que, después de todo, Tomb Raider sigue siendo un filme de origen que nunca logra deshacerse de los clichés que vienen con este título.

Durante su primera hora, Tomb Raider nos invita a soportar secuencia de acción tras secuencia de acción (en la más impresionante el enemigo no es otro que la misma gravedad), con la promesa de que más adelante tendremos los emocionantes intercambios entre héroe y villano que prometía la adición de Walton Goggins como el antagonista principal. En parte, la película del director Roar Uthaug cumple con esta promesa, específicamente en el momento en que están cara a cara por primera vez. El problema es que Tomb Raider están tan preocupada por presentar a la Lara Croft definitiva -lo cual logra- que descuida todo a su alrededor, incluyendo al celebrado actor de The Hateful Eight y Sons of Anarchy.

Si algo se puede celebrar de Tomb Raider, es que por cada una sus fallas aparece un gran triunfo, empezando por una muy diferente – y readaptada a los tiempos políticamente correctos- interpretación de un personaje que fué un símbolo sexual a principios del siglo XXI. Esta nueva Lara Croft sigue siendo sexy, pero no porque el guión lo exija, y más bien porque la actriz que la interpreta posee una belleza innegable, aunque fanáticos de la original quieran argumentar que la esencia del personaje se puede reducir al tamaño de sus senos o caderas. Alicia Vikander es una mujer atractiva, cualidad que el personaje adopta de manera orgánica, sin que la historia o la dirección se empeñe en resaltarlo.

Evitando el “voguing” frente a la cámara y mostrando una vulnerabilidad emocional real, Vikander logra registrar una versión más humana de Lara Croft, pero no menos heroica y realizada como personaje. La actriz sueca de 29 años logra que las fallas de Tomb Raider luzcan diminutas, resultando en el primer acierto oficial dentro del cine inspirado en videojuegos.

 

Crítica: Tomb Raider rompe la maldición de los videojuegos
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